Impotencia primaveral.

Aquí estoy sentada entre lozas y matorrales, entre un sol dulce y suave y unos sonidos de pájaros preciosos que me anuncian que la primavera ha llegado. Mi cuerpo grita desde su nido y mi piel está regocijada del encuentro. Yo grito mi alegría por dentro, el hecho de saber que dejaré mis envolturas en el guarda ropas.

Luces y sombras se debaten en mi terraza. La terraza se cubre de una aire primaveral y la impotencia de una primavera a medias se empieza a sentir. Mi cuerpo y yo experimentamos esa impotencia. Tantas ganas de estar en camisa corta, tantas ganas de destaparme los brazos, el cuello, los pechos, las piernas para recibir la vitamina que tanto deseo, la vitamina que añoro, esa que me pone en el punto exacto de mis sentimientos sureños. La vitamina D.

La amiga de mi madre llega y yo me voy un poco escurridiza hacia el rinconcito en donde puedo escuchar las historias que estas dos amigas se cuentan cada fin de semana.

Lucencia es una mujer en la treintena, de pelo corto, piel oscura, ojos verdes muy alentadores. Ella visita a mi madre los fines de semana. Son como hermanas. Ambas son el reflejo de sus almas  (Dicen que los amigos son el reflejo del alma de las personas que frecuentan).

Sentadita en aquel rincón habitual  en donde puedo oír las conversaciones escucho de pronto las quejas de Lucencia sobre la hora a la que hay que decir a los niños de entrar:

Lucencia dice:

– Las niñas deben entrar temprano. Hay mucho peligro por ahí. Todo eso oscuro ¿Quién sabe dios que se pueden encontrar en el camino?

Mi madre agrega:

– Ay sí chica ! Qué angustia! . Claro que hay que hacerlas entrar cuando el sol se va.

Lucencia dice:

Si hay que cuidar a los niños pero sobre todo a las niñas. « Niña descente no anda en la calle después que el sol se vaya » Mi mamá siempre me lo decía.

Mi madre agrega:

Bueno voy a llamar a las niñas.

Se acerca a la ventana y mira hacia el parque que esta justo en frente de la casa. Mi madre se queda mirando con una mirada ansiosa, ansiosa de no decir lo que debe decir, ansiosa de dejar por fin que su hija se quede en aquél parque y mandar al sipote al mundo. Pero no lo logra, se queda en la frustración de no ser tan atrevida, tan aguerrida y llevar la contraria a sus amigas, a sus seres queridos y por sobre todo a sus vecinos.

Mi madre.

Vénganse para dentro que ya es hora de entrar.

Niña:

Y mi hermano ¿Por qué no entra también?

Lucencia:

El entra a la hora que quiere, tu no puedes estar en la calle porque eso da mala fama, ¿Qué va a decir la gente por ahí si tu estas de noche sola y jugando con varoncitos?

Niña:

¡Qué impotencia! Nunca puedo hacer nada, en cambio mi hermano siempre puede hacer lo que le da la gana.

Yo veía a esa niña y la veía tan impotente. Su impotencia me recordaba mi impotencia primaveral.

Recuerdo que desde el interior de la casa se podía ver hacia el parque, podía ver a sus amiguitos quedarse afuera y quedarse hasta entrada la noche. Ellos hacían sus propias leyes. Ella seguro se sentía mal. Ella tenía que estar detrás de los muros y las rejas mientras esos hombrecitos se divertían y continuaban a jugar.

Pero mi madre y la suya tendrían razón, la noche era peligrosa para las niñas y lo seguiría siendo mientras que mi madre y todas las madres de todas las niñas de mi cuadra siguieran diciendo a las niñas que el momento de entrar es cuando el sol se va.

Crecí envidiosa de la libertad de esos hombrecitos porque yo no podía por ninguna circunstancia comportarme como ellos. Si me comportaba como ellos tenía penalidades de por vida. Me podían poner apodos o llamarme rarita sin contemplación.

Días más tarde que mi madre dijera a la niña de entrar, la niña tuvo una revuelta en su corazón. Un corazón lleno de rebelión, una rebelión forzada por causa de la hora de entrada cuando jugaba en la calle.

Yo siempre me resguardé de éste frío primaveral, de la noche y puedo decir que nunca luché por enfrentármele, por hacer que las cosas cambien. Nunca levanté la voz contra la primavera y las enfermedades que ella me causa, nunca levanté la voz contra la frustración que le produce a mi cuerpo. En cambio ella, esa niña de pelo rizado, con labios carmesí y ojos de lucero, ella, nació para desafiar  a su madre y conocer la noche saliendo de su frustración.

Ella tomó sus sandalias de goma para que no hicieran ruido sus pisadas, bajó rápidamente pero con precaución las escaleras, abrió la puerta con temor a ser descubierta, se puso del otro lado de la casa.

Lo había logrado, la niña estaba afuera. Cerró poco a poco la puerta para que no se escuchara el ruido. Se detuvo en el tranco de la puerta, tenía una sensación de impotencia que liberar y el ardor de su pecho le daba buenos presagios. Aquel día era un día lluvioso, las estrellas estaban ausentes, como si por vergüenza se hubieran escondido detrás del cielo y hubieran dejado al infinito juzgar lo que pasaba durante el frío de aquella noche.

Yo pensé lo mucho que me hubiera gustado tener su coraje y lo mucho que me hubiera gustado saber si mi madre tenía razón sobre el peligro que corre una niña en la noche.

Ella continúo andando y se escabulló entre los faros de la cuadra, contorneo las casas y las acera a penas iluminadas y corrió, corrió mojándose bajo la lluvia sin saber exactamente a dónde ir.

Mientras que ella hacía aquel acto de gallardía me pasaban por la mente los amigos de mi madre, el sereno, el lobo,  el peligro etc.

El sereno era la maldición de las mujeres, la tristeza de nuestras enfermedades, de nuestros partos, de los nacimientos de los niños.

La niña se encontró a un hombre en medio de aquella noche perturbada y silenciosa y se asustó , se escondió detrás de las casas, aquel hombre la buscó, ella temblaba y no entendía cómo era posible haber perdido la fuerza en su hazaña, ella pensó que el chico quería hacerle daño, pero él solamente se estaba dando un paseo nocturno porque estaba un poco aburrido en casa.

Él logró mirarla a los ojos, ella logró mirarle también . Ella lo vio fuerte, el la vio triste, ella lo vio peligroso, él la vio indefensa. Toda aquella incomprensión era producto de la ignorancia de la chica sobre la noche. Afuera no habían, ni lobos, ni tiburones, sólo habían hombres solitarios jugando con el sereno, los lobos, la noche.

Ella pensaba en su madre y a las advertencias de ésta sobre la noche. Quizás su madre tenía razón. Desconsolada creyó haber perdido la batalla por la noche. El chico le preguntó en dónde vivía y le explicó que de noche lo mejor es …

…Quedarse en La Luz para no tener miedo,

Ir relajado en la calle y disfrutar del aire puro que la ciudad te regala.

Qué hay que salir con zapatos y ropa adecuada pues la temperatura baja rápidamente.

Ese chico no tenía miedo pues conocía la noche. Esa era la diferencia entre él y ella. Ella era una ignorante de la noche , él era un conocedor. Había estado desde muy pequeño en la calle y sabía lo que se debía hacer para sentirse bien y mejor con la luna, las estrellas y los raros hallazgos del camino nocturno.

La niña sentía una sonrisa correr en su boca, sus ojos se dirigieron hacia la luna. Ella notó que había dejado de llover muy rápido. Qué ya no tenía frío, ni miedo. Ella se dio cuenta que conocía un poco mejor la noche y que a pesar que la luna siempre será inalcanzable , ella podía mirarla y disfrutar de su presencia cada noche sin tener miedo.

¡Qué bella es la noche! esa parte de un día que tiene doce horas y que forma parte de nuestro sueño y de nuestras ansias. Esa parte de luna que se viste diariamente para nosotros de gala, esa gala que nos pasea entre una fiesta de siluetas y sombras.

Muchas madres transmiten sus miedos a las niñas sobre la noche, algunas veces se sirven del sereno, otra de los cuentos nocturnos de lobos y personajes extraños de la noche. ¿Esos cuentos estarán creados para mantener el mito del peligro en las niñas?¿Se estará disfrazando al hombre de lobo para multiplicarle las asociaciones a los miedos?

Feliz la niña regresó a casa, conociendo un poco más de la noche, de sí misma, de las ilusiones de la noche.

Mi madre no tenía razón y Lucencia tampoco. La niña salió y el contacto de la noche la volvió menos ignorante de aquella parte del día, saliendo a recorrer rincones y callecitas de callejones ella pudo memorizar las lámparas y los habitantes que disfrutaban de la noche. La niña sólo estaba aprendiendo a pasearse en la oscuridad.

El femichismo afecta las decisiones y los comportamientos de nuestras hijas muchas madres tratan de mantener tabúes de temas o situaciones y continúan a cultivar el miedo, ese miedo que aunado a la época ya no tienen sentido y siguen repitiéndose maquinalmente sin reflexionar.

Las niñas deben apropiarse de la noche y las mujeres también. Salir a una plaza, disfrutar de un parque o de una acera no tiene que ser vergonzoso, más bien debemos decirnos que todo ese espacio afuera también nos pertenece y debemos disfrutar de ello.

El femichismo es la transmisión oral del machismo por la madre a través de cuentos, historias o comportamientos. Si no queremos MACHOS no criemos femichistas.

 

 

 

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